jueves, 19 de octubre de 2017

La bebé del 19 de septiembre


Hoy, 19 de octubre de 2017, cumplió un mes Mila Alanna. Nació unos pocos minutos antes del sismo que hirió la Ciudad de México el pasado 19 de septiembre. A su mamá, Karla, se le humedecen los ojos cuando describe cómo fue la llegada al mundo de su segunda hija, sobre todo porque está llena de gratitud con la vida.
Alanna no estaba programada para nacer ese día, ni a Karla le correspondía atenderse en el Hospital General de Zona 1A Venados del Instituto Mexicano del Seguro Social. Pero el destino las llevó a estar ese martes a las 13:14 en el quirófano de urgencias del nosocomio.
Karla había tenido un sangrado matutino y en su clínica de adscripción, la 32, ubicada en calzada del Hueso, en Coapa, le habían dicho que no la atenderían en caso de una emergencia pues el área se encontraba en remodelación.
Así fue como llegó a Venados, nerviosa por sus malestares de parturienta. La doctora Cynthia Elizabeth Pérez Ramírez, en cuanto la revisó, supo que no podía demorarse en hacerle una cesárea: había perdido líquido amniótico y la bebé tenía el cordón umbilical enredado en el cuello.
Con más de 5 mil partos en su historial como cirujana y ginecóloga, para Pérez Ramírez, sería una operación de rutina. Pero justo cuando terminó de dar la última puntada para cerrar el vientre de Karla, comenzó la sacudida.
La primera reacción de Elizabeth fue abandonar el quirófano y ponerse a salvo. Siempre lo ha dicho: un médico sirve más vivo que muerto, sobre todo si el temblor “pasa a mayores”, pues ella, que era estudiante de secundaria en 1985, recuerda perfectamente la tragedia ocurrida entonces y no se fía de ningún sismo.
Pero Alanna lloraba de hambre dentro de la incubadora. La cama donde se encontraba Karla se comenzó a mover con furia, y los compañeros que la habían asistido en la cesárea, la anestesióloga Sandra López y el médico residente Jesús Arturo Martínez, la miraban expectantes, como si Elizabeth tuviera la respuesta a la incertidumbre que provoca el miedo.
Karla estaba tranquila, anestesiada de la cintura para abajo. Cansada pero radiante, como cualquier madre que escucha el primer grito de su hijo recién nacido. El sismo era lo de menos. Su bebé estaba completa, sana, viva. La duración y la intensidad del terremoto le parecieron cosa de nada, un parpadeo, quería ya abrazar a su pequeña.
Quizá fue la serenidad de esa madre que había tenido un parto feliz, o la urgencia de Alanna por comer, por vivir, lo que hizo que la doctora Pérez Ramírez se quedara en su puesto y dijera “tranquilos, tranquilos”, aún sin creerlo.
Equipo médico, frascos, estantes, aparatos, cayeron al piso. Elizabeth sostenía la cama de Karla, la incubadora, el alma de Sandra y Jesús Arturo. “Tranquilos, tranquilos, ya está pasando”, repetía, mientras veía las paredes convertidas en láminas de papel y pensaba que el edificio no iba a resistir, que no estaba pasando, que seguía, seguía.
Por eso decidió sacar a Alanna de la incubadora, y tenerla en brazos mientras se calmaba el mundo. En todo caso, correría para salvarse ambas.
Cuando amainó el movimiento telúrico, Elizabeth envolvió a la niña en una sabanita y se la entregó a Karla. Pidió a sus compañeros --que estaban llenos de valor, admirando a su cirujana en jefe--, que ayudaran jalar la camilla para sacar a la madre y su bebé, llevarlas a un lugar seguro y comenzar la evacuación de más pacientes.
Alanna lloraba más fuerte, abría su boquita, buscaba. Karla, débil y mareada, un poco por la anestesia y quizá por el sismo, nunca imaginó la magnitud destructiva del temblor.
Afuera ya del edificio, Karla abrazaba con fuerza a su pequeña. Sin poder mover las piernas, solo con el empeño de su instinto materno, giró el cuerpo para acomodarse y comenzar a amamantar a su hija.
La niña dejó de llorar y la joven madre pudo escuchar al fin las sirenas de las ambulancias y patrullas, el sonido de los helicópteros, el caos. Le pareció estar en un sueño, que nunca llegó a ser una pesadilla porque tenía a su preciosa cachetona a su lado. La tranquila respiración de la pequeña hizo eco en la de su mamá.
Casi anochecía cuando apareció la abuela de Alanna, quien se había tardado horas en encontrarlas. La señora quizo abrazar a Karla pero ella levantó la sabanita y le mostró a la niña. La abuela rompió en llanto, conmovida, nadie le había informado que la bebé ya había nacido.
Fue entonces que Karla se enteró del desastre que había ocurrido mientras ella se convertía de nuevo en madre. Preguntó por su esposo Omar Iván. Él había ido a buscar y cuidar a su otra hija de nueve años. Todos en casa bien, sanos y salvos, vivos.
Karla se dedicó las siguientes horas a velar por Alanna. En algún momento le dieron de comer, en algún momento la llevaron a otro lugar, quizá al estacionamiento, o a la escuela de enfrente del hospital, y alguna enfermera bañó a la pequeña. Conversó con otras recién paridas, todas junto a sus bebés, entre felices y confundidas pues les llegaban pocas noticias de la catástrofe de afuera.
Al día siguiente, cuando la doctora Pérez Ramírez pasó a revisar la herida de Karla, hubo una alarma de fuga de gas. Debían evacuar la zona donde se encontraban. De nuevo la cirujana tomó en sus brazos a Alanna, mientras a Karla la llevaban en silla de ruedas.
Pero no había miedo, Elizabeth y Karla hasta se dieron un tiempo para imaginar la cantidad de aventuras que vivirá la pequeña Alanna, pues “¡vaya que le gustan las emociones fuertes!”
Fue hasta el jueves cuando dieron de alta a Karla, el mismo día que su esposo conoció a su chiquita, y lloró al abrazarlas, como lloraron y siguen llorando todos los familiares y amigos que celebran con la familia Segura Manilla el nacimiento de Alanna, quien también se llamará Mila, para recordar la palabra “milagro” y esa serie de circunstancias que arroparon su nacimiento, cuando la tragedia le pasó rozando, sin alterar la ternura y la esperanza que se siente al mirar a un bebé recién nacido sano, fuerte, completo, vivo.  

viernes, 17 de junio de 2016

Historia de un maestro

A mediados de los años cuarenta del siglo XX, Jaime Torres Bodet (1902-1972), entonces secretario de Educación Pública, promovió una reforma educativa que bautizó muy pomposamente como “escuela de la unidad nacional”.
Fue la “modernización” de la época. Se dispuso que las normales rurales dejaran de tener un lugar importante en el discurso educativo oficial, se les redujo el presupuesto y, al igual que en otras dependencias la Secretaría de Educación Pública (SEP), se inició una depuración de profesores y estudiantes calificados de "comunistas”.
Esos fueron los años que le tocaron vivir al profesor Albino Mateos Martínez, cuya gestión más significativa ocurrió entre 1955 y 1957, cuando dirigió la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez de Hecelchakán, Campeche, e impidió el cierre del plantel.
El profesor Albino nació el 4 de noviembre de 1904 en Villa de Zaachila, una comunidad indígena zapoteca del estado de Oaxaca. Su padre fue Ladislao Mateos Mendoza, campesino, y su madre Jerónima Martínez Pérez, partera.
Su abuelo materno, José María Martínez Cerero, también originario de Zaachila, fue durante mucho tiempo de las pocas personas que sabían leer y escribir en su comunidad (aprendió de manera autodidacta). Cada semana, don Chema, como le llamaban, mandaba traer los periódicos de la capital para compartir con familiares y amigos las noticias, no obstante dedicarse también al campo.
Gracias a él, Albino se interesó desde muy niño en terminar sus estudios, situación que era difícil entre los pequeños de Zaachila a principios del siglo XX debido a las condiciones de pobreza y marginación en las que vivían.
Al concluir la primaria, Albino pidió a sus padres que lo mandaran a la ciudad de Oaxaca para continuar la secundaria. Se fue a vivir con unos familiares y debió comenzar a trabajar para pagar sus estudios y manutención. No obstante su entusiasmo, dejó la escuela por algunos periodos para dedicarse de lleno al trabajo.
Luego de muchos tropiezos, pudo concluir uno de sus grandes anhelos: graduarse como profesor de educación primaria en la Escuela Normal Urbana Federalizada de Oaxaca en 1935. Su título lo recibió hasta 1946.




Pero el mismo año de su graduación inició sus labores docentes en la población de Yalalag, posteriormente trabajó en una escuela de San Antonio de la Cal, ambas en su estado natal. Su dedicación y compromiso con el magisterio hicieron posible que pronto lo nombraran director de la Escuela Normal Rural de Comitancillo, Oaxaca. Desde entonces, su prioridad fue apoyar a los jóvenes de familias de bajos recursos que quisieran formarse como maestros.
Algunos de sus ex alumnos recuerdan una anécdota que definen la personalidad del profesor Mateos: aceptaba a los muchachos como normalistas aunque no tuvieran certificados de estudios previos. Su consigna era: “a ese joven primero sírvanle un plato de frijoles, luego, denle un libro, ya después arreglaremos lo de sus papeles”.
También laboró en las normales rurales de Tekax, Yucatán; Mactumactzá, Chiapas; Xochiapulco, Puebla; Tamazulapam, Oaxaca; Aguilera, Durango y El Quinto, Sonora.
Su estancia al frente de la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez de Hecelchakán, Campeche, fue de apenas tres años, pero la que marcó su carrera y su vida.
En aquellos años, el gobernador Alberto Trueba Urbina (1903-1984) pretendía cerrar el plantel, convencido de que era un “nido de comunistas”. Los alumnos se opusieron a tal iniciativa y realizaron manifestaciones en la capital campechana. En una de esas protestas, realizaron pintas en edificios públicos, lo cual ocasionó que algunos de ellos fueran arrestados por la policía.
El director Albino, de inmediato, pagó las fianzas para que los jóvenes salieran libres, lo cual acrecentó su enemistad del gobernador, con quien ya tenía fricciones debido a que el maestro había solicitado que la normal de Hecelchakán, que hasta entonces recibía en su internado únicamente a varones, fuera mixto.
El maestro Albino argumentaba que las jóvenes de la comunidad que deseaban ser normalistas no tenían por qué irse a estudiar a otras ciudades lejos de sus familias, le parecía injusto. El gobernador Trueba en todo momento se opuso, argumentaba que no había recursos para construir en la escuela una sección para mujeres, ni siquiera para recibirlas como estudiantes externas. No obstante, el director admitió a siete alumnas en el internado.



La evidente amistad del director Mateos con el entonces líder magisterial Carlos Sansores Pérez (1918-2005), quien acudió como padrino de generación de los normalistas graduados de Hecelchakán en esos años, acrecentó los rencores, pues Sansores Pérez después llegaría a ser gobernador de Campeche y era enemigo político de Trueba Urbina.
El gobernador continuó presionando al director Albino, hasta que logró que el maestro pidiera su cambio a otra normal. Fue enviado a Durango.
En 1962, el profesor Albino fue detenido por la policía en esa entidad norteña. Trueba lo había acusado en Campeche de peculado y desvío de recursos. El dinero en cuestión fue el que había sido usado para pagar las fianzas de los alumnos encarcelados seis años antes.
El director Mateos fue llevado a la cárcel municipal de Campeche, donde permaneció cuatro meses. Durante ese tiempo recibió muestras de solidaridad de sus colegas y de los alumnos agrupados en la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, a quienes dirigió una emotiva carta en la que explicó su compromiso con la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez de Hecelchakán:

Hice de esta escuela un centro que educaba en la dignidad y por la dignidad. Estoy procesado por no aceptar provocaciones del entonces Gobernador del Estado, que quería que los alumnos normalistas cometieran violencias que justificaran sus acusaciones y conseguir la clausura de nuestra Escuela Normal Rural; porque fui leal a los alumnos (se me pidió que los traicionara); porque en forma ilimitada ayudé a los alumnos que injusta y arbitrariamente fueron encarcelados en octubre de 1956; cualquier reunión que tenía con los alumnos era denunciada a México como preparación de un motín comunista”.

Gracias a la intervención de diversos dirigentes sindicales, el maestro fue absuelto de todos los cargos y volvió al magisterio, aunque con graves problemas de salud. Trabajó un par de años más.



Falleció el 18 de diciembre de 1964 en la ciudad de Oaxaca debido a una insuficiencia renal, derivada de la diabetes que se le desarrolló en sus meses de prisión.
Hace dos años, al cumplirse medio siglo de su muerte, profesores y alumnos de la Escuela Normal Rural de Hecelchakán le rindieron un homenaje, y se colocó en el plantel una placa conmemorativa para recordar su legado, sus palabras: 

Los maestros laboramos para el hogar, la Escuela y la Patria”.

Gracias, abuelo, por esa herencia, porque esta historia podría ser la de cualquiera de los maestros que hoy están en pie de lucha. Sí, abuelo, los maestros siguen luchando, los estudiantes resistiendo y el gobierno imponiendo, a punta de garrotazos, sus modernizaciones educativas. 
Pareciera que nada ha cambiado, sólo que no estás aquí para que marchemos junto a tus colegas.   



jueves, 17 de marzo de 2016

Puerto Rico, arrogancia colonialista

En Puerto Rico el mar sabe a Caribe, a piña colada, y cuando rompen las olas se escucha el canto de Coquí, una rana pequeñita que no puede salir de la isla porque de inmediato muere de nostalgia.
Al menos eso es lo que se queda en los recuerdos de algunos viajeros.
Esta semana se realizó en la llamada Perla del Caribe, ese pedacito de tierra al que un día siempre se volverá (como dice la canción), el Congreso Internacional de la Lengua Española, donde se reunieron más de 130 escritores, académicos, creadores, editores, profesionales de diversas artes, así como expertos relacionados con el español, procedentes de un total de 27 países, para debatir en torno al tema: lengua española y creatividad.
No me sorprende que el rey de España, Felipe VI, haya cometido la “barbarie” (como bien lo definió el escritor cubano-puertorriqueño Eduardo Lalo) de afirmar que se alegraba de “volver a Estados Unidos”. La monarquía no hace más que presumir su ignorancia colonialista.
Pero que Víctor García de la Concha, el filólogo español, actual director del Instituto Cervantes y anterior responsable de la Real Academia Española haya dicho que “era la primera vez que el Congreso no se celebraba en Hispanoamérica” me parece, además, una postura arrogante.
Retomo aquí las certeras palabras de Eduardo Lalo (Premio Rómulo Gallegos 2013 por su novela Simone), por que es necesario que quede claro que: “Puerto Rico no es parte de Estados Unidos, sino un territorio invadido por esa nación en la Guerra Hispanoamericana de 1898. Entonces España cedió esta tierra en el Tratado de París como botín de guerra, sin defender ni considerar en lo más mínimo, la suerte de sus habitantes.
“Si Puerto Rico, luego de casi 118 años de agresiones y presiones estadounidenses, ha preservado la lengua española y su cultura caribeña y latinoamericana, y las ha desarrollado tanto o más que otros países de América, ha sido por la voluntad, la resistencia y la energía creativa que poseemos. Ignorar olímpicamente el grave problema político de Puerto Rico, del que también son responsables tanto España como Estados Unidos, es cuanto menos un acto de inconsciencia o ignorancia y, además, una violencia dirigida a nosotros que somos sus anfitriones. A un país y a un pueblo no se le invisibiliza ni se le saca de la familia de pueblos americanos, para echar hacia adelante una estrategia errada, condenada al fracaso, dedicada a respaldar el español en los verdaderos Estados Unidos.
“Una vez más comprobamos la mojigatería de España y de otros pueblos americanos, que ante la tragedia colonial de Puerto Rico, actúan como si ésta no existiera y nada tuviera que ver con ellos”.
La condición política de Puerto Rico como Estado Libre Asociado de Estados Unidos permite una presencia apabullante del gobierno gringo, no solo en la vida cotidiana, sino en el control de aduanas, seguridad pública, comunicaciones, entre otras.
Por supuesto, los puertorriqueños mezclan el inglés con el español, por ejemplo, al decir “parquear” en lugar de “estacionar” el auto, y no son pocos quienes, con bastante orgullo, se sienten “aquí en Estados Unidos…”.
Pero existe un añejo y firme movimiento independentista, sobre todo gestado en las universidades. Son ellos los que hacen mirar (a quien se deja) hacia ese Puerto Rico con hondas raíces hispanas, pero también en un proceso perenne de resistencia anticolonial.
Basta mirar zonas como La Perla, un caserío (así le dicen a las colonias pobres) ubicado cerca de uno de los principales atractivos turísticos del país, el fuerte de El Morro. La Perla es un barrio bravo que se ha resistido a dejar entrar a los voraces “desarrolladores” turísticos, aún cuando eso implique el castigo de la marginación.
                                                                      La Perla

El Viejo San Juan, capital de la isla del Encanto, huele intensamente a humedad, a un viento que surca los confines del océano turquesa y que aún tranquilo logra alborotar el cabello de las personas, pero también un poco a gasolina, a urbe con todo y sus agobios, a fruta madura, a sudor, es decir, a algo dulce, a viejo, a sal. Todo mezclado con mucha luz.
Tostones, chancho con yuca, bacalaítos, arroz con coco, mofongo, mucha piña colada y algo de ron son algunos de los manjares boricuas que hacen suspirar a propios y extraños, al ritmo de salsa.
Todo ello forma parte de una cultura que no es un adorno, sino que constituye “lo que nos ata a la vida y lo que nos permite día a día luchar encarnizadamente contra las condiciones históricas que hemos padecido y que aún padecemos. Proponer que 'que éste no es el lugar para tratar la historia de Puerto Rico' (como dijo Felipe VI), equivale a no respetarlo”, reitera Eduardo Lalo en su texto que puede leerse íntegro aquí: Actos de barbarie
Si algún día usted tiene oportunidad de viajar a Puerto Rico, disfrute las palmeras, goce el calor, el canto de las coquís, la lluvia tropical, y pongan atención a las palabras de un español que se resiste a ser engullido por el inglés. Sobre todo, camine lo más que pueda por los caseríos, por el Viejo San Juan, recorra la isla de Ponce a Fajardo, descubrirá que no, ahí no es Estados Unidos, aunque muchos se empeñen.







martes, 8 de diciembre de 2015

Leer sí abre los ojos

Una tarde, la señora Patricia, vecina de la colonia Pedregal de Santo Domingo, decidió olvidarse de las telenovelas y, animada por su hijo adolescente, se inscribió en el café literario que se imparte los jueves en la Escuela Secundaria Técnica 49, en el corazón de esa colonia, en Coyoacán.
No fue fácil, narra, pues cuando comenzó a leer el Diario de Ana Frank, junto con otras madres de familia, guiadas por la maestra Blanca, a Patricia le daba mucha pena hacerlo en voz alta porque se equivocaba al pronunciar algunas palabras que le eran desconocidas.
Antes de esa ocasión, Patricia nunca había terminado de leer un libro. Su experiencia lectora se limitaba al periódico (y solo algunos encabezados), y una que otra revista de farándula. Pero no se dio por vencida. Su esposo también la apoyó, y continuó asistiendo semana a semana al grupo integrado por vecinos (en su mayoría mujeres).



Al cabo de varios meses llegó un reto mayor: la lectura de El laberinto de la soledad, de Octavio Paz (1914-1998). Muchas señoras ni siquiera habían oído hablar de él, pero poco a poco fueron descubriendo al poeta y ensayista. Sobre todo, se dieron cuenta de por qué Paz es el único escritor mexicano que ha recibido el Premio Nobel de Literatura.
Luego de dos años de puntual asistencia al café literario de los jueves, las señoras del Pedregal de Santo Domingo son ya todas una expertas en uno de los libros emblemáticos del autor de Piedra de Sol.
En el Laberinto de la soledad, Paz nos da hasta por debajo de la lengua cuando describe a la mujer sumisa, como un trapo, que no tiene ni voz ni voto y que nada más se piensa que está para criar hijos y atender la casa”, dice Patricia con mucha seguridad.
En ese libro, añade, “entre muchos temas, también nos habla del machismo, de la realidad de hace unos cuantos años, pero que seguimos viviendo. ¡No ha cambiado nada en México!”


Otra de sus compañeras, Eva, interviene: “me identifico mucho con la descripción que Paz hace de los mexicanos, pues es cierto, aquí no nos enseñan a leer ni a agarrar un libro, y a las mujeres sólo nos dicen que debemos casarnos y tener hijos, y más si una viene de provincia, como es mi caso. Así fue mi vida hasta que me animé a ponerme a leer. Tengo tres años asistiendo al café literario y no lo cambio por nada”.
Eva lamenta que su hijo, quien también cursa la secundaria, no haya sido lector desde pequeño, pero asegura que ha enmendado esa falta, al igual que con su hija de cinco años. Ahora cada vez que tiene un dinero extra les compra libros, aunque su muchacho es experto en descargar de Internet los títulos que le interesan en formato electrónico.
En estos días, el grupo de la maestra Blanca se encuentra leyendo Los hornos de Hitler, de Olga Lengyel. Entre todos eligieron ese libro luego de comentar la situación política por la que atraviesa el mundo. Su objetivo es entender un poco qué sucedió durante la Segunda Guerra Mundial y así descifrar los conflictos actuales.
Además de pasar la tarde compartiendo la lectura, a los participantes del café literario se les encomienda investigar algunos temas relacionados con el libro en turno. Así que no son pocas las sesiones en las que se arma un rico intercambio de información y puntos de vista.


Blanca no recibe salario extra por acompañar a esas personas ávidas por descubrir los placeres de la lectura. Lo hace porque lo considera un deber de su profesión de maestra, además de que para ella también representa un aprendizaje compartir las tardes con las señoras que se acercan a los libros con ojos nuevos y en extremo curiosos.
"Muchos compañeros me dicen que estoy loca, que no regale mi tiempo, pero a mí me causa mucha satisfacción este proyecto, por ejemplo, ver las lágrimas en algunas personas cuando acaban de leer un libro por vez primera, y saber que quieren más."
Patricia reconoce que, en un principio, la idea de pasar las tardes leyendo le causaba flojera y miedo, pero ahora, sabe que “leer sí abre los ojos, porque ya no dan ganas de ver la tele... ¿Cuál es nuestro siguiente paso? Pues ponernos a escribir nuestras propias historias, ¿verdad, maestra?”
A Blanca le brilla la sonrisa cuando escucha estas palabras. Ese es su pago, concluye.
El café literario para vecinos de la colonia Pedregal de Santo Domingo y padres de familia se lleva a cabo los jueves de 15 a 17:40 horas en la Escuela Secundaria Técnica 49 (Av. Escuinapa s/n). Informes en el plantel con la maestra Blanca Sánchez Guzmán. 

 

viernes, 20 de noviembre de 2015

Luis Miguel: no culpes a la noche


Alguna tarde de 1982, en el estudio Azul y Plata de la XEX Radio, el locutor José Manuel Gómez Padilla presentó a su público al debutante Luis Miguel. Era un hermoso niño rubio de 12 años, en mallas blancas, botas negras y una casaca púrpura, vestuario parecido al que usaba en aquel tiempo el español Miguel Bosé. El auditorio estaba repleto de adolescentes seguidoras del grupo Menudo, quienes vieron un poco con recelo a ese chiquillo que apenas el domingo anterior había debutado en el programa de televisión de Raúl Velasco. Escuchaban la entrevista con aburrimiento. Pero cuando llegó el momento en el que el pequeño comenzó a cantar, en vivo, todas y todos se quedaron boquiabiertos. ¡Qué voz!
Al terminar de interpretar su ya legendario primer éxito 1 + 1 = 2 enamorados, Luis Miguel intentó colocar el micrófono en el pedestal y no pudo, el aparato cayó al piso, lo que hizo que el niño se apenara mucho. Pidió disculpas al público, estaba a punto de llorar. José Manuel (qepd) se acercó de inmediato a tranquilizarlo, lo abrazó y le dijo: “no te preocupes, son gajes del oficio, un día el público te querrá tanto que no le importarán estos accidentes”. Luis Miguel sonrió, volteó a ver a las niñas que le gritaban con euforia, volvió a hacer un gesto de agradecimiento hacia ellas y siguió cantando.



Hace 15 años, en las páginas de La Jornada hicimos una crónica del primero de los 17 conciertos que Luis Miguel ofreció en febrero de 2000 en el Auditorio Nacional, en la cual describimos a un ya desteñido y regordete cantante en apresurados conciertos; eso sí, aún con el mayor de sus tesoros casi intacto: su chorro de voz, no obstante “opacada por una igualmente desmesurada vanidad”.
El divo, escribimos, sin perder detalle nunca de su imagen reflejada en la megapantalla colocada a sus espaldas y en los pequeños monitores de los costados del escenario, empezó a cantar “acartonado, escatimando las sonrisas y las palabras a su infinitamente noble y fiel público. Luismirrey se sabe poseedor de cierto don de titiritero, ese que consiste en hacer ondular los alaridos de los fans con tan sólo un meneo, un puchero o el leve movimiento de sus dedos. Son acciones que tiene perfectamente calculadas y en las que se regodea, cual narciso embelesado, al mirarse en la pantalla gigante”.
En aquel concierto estaban presentes, en primera fila, por supuesto, la hija y la esposa del entonces presidente, Ernesto Zedillo. Fueron las únicas que merecieron una mirada y hasta un beso del cantante. Las integrantes de un club de fans en Argentina, que por obvias razones no asistieron al concierto cronicado, se enojaron con la descripción que hicimos de su ídolo y que leyeron gracias a que sus colegas mexicanas les mandaron por correo electrónico la nota en cuestión que hablaba de los kilitos de más de Luismi (que ellas llaman “corpulencia”), su cabello opaco, “tanto que parece peluquín o injerto y que ni por error se toca como antes (no se le vaya a despegar), sus dientes que de tan blancos y alineaditos parecen de fábrica, y su eterno ceño fruncido que tiene ya las marcas de la neurosis”. Entre las cartas de protesta que entonces recibimos, también había admiradoras desilusionadas por un Luis Miguel que “ha llegado tan alto, que no ha podido con su fama. Pero quiero decir que si él está donde está es por el público que lo apoya. Si ahora es millonario es por la gente que va a sus conciertos y compra sus discos. Y creo que todas esas personas merecen un poco de respeto. Empleados del hotel donde se hospedó una noche antes del concierto en mi ciudad (en California, Estados Unidos), personas anglosajonas, comentaron que es muy prepotente. Luis Miguel: eres una persona muy talentosa y querida, pero tu actitud te puede acabar”.



¿A alguien le extraña que Luis Miguel haya cancelado sus dos primeros conciertos de esta semana en el Auditorio Nacional y de una manera tan poco considerada con su público? Tarde o temprano iba a suceder. Desde 2013 el artista ha venido argumentando motivos de salud para no cumplir con algunos compromisos de trabajo. Lo sorprendente es que la decadencia de un ídolo musical tan querido como lo es Luis Miguel no tenga un toque de dignidad, y que no exista nadie que lo pueda convencer de dejar de exhibir el ocaso. Es triste, pero muy probable que este capitulo final aún vaya para largo.


miércoles, 28 de octubre de 2015

Ofrendas para llevar


Una Luna fantasmal florece sobre la ciudad de México. Son los últimos días de octubre. Muchos miran la bruma que opaca el brillo del astro, convencidos de que ellos, los ausentes, llegan poco a poco, como cada año, para saborear la vida un momento, al lado de los suyos.

Ya lo dijo Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”.
Nuestras fiestas de Día de Muertos, continúa el poeta, “manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque 'la vida nos ha curado de espantos'”. Y es cierto.
Aquí van cuatro ofrendas para llevar a los muros feisbukeros u otras redes sociales que así lo requieran, o simplemente para admirar la belleza con la que cuatro enormes pintores mexicanos retrataron uno de los rituales más importantes del país.
Pues, de nuevo citando a Paz, esa “fanfarrona familiaridad” con la que tratamos a la huesuda, “no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la  muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?”



Ofrenda con frutas (1987), de Rufino Tamayo (1899, Oaxaca-1991, DF)





Lo pintó para celebrar sus 70 años de trayectoria artística y sirvió como imagen del homenaje nacional que a finales de los años ochenta le rindió el Museo Tamayo Arte Contemporáneo. En noviembre de 2014 fue el cuadro estrella de la subasta de arte moderno y contemporáneo latinoamericano de la casa Sotheby’s de Nueva York, al ser vendido en 4 millones 197 mil dólares.

Día de muertos (1924), de Diego Rivera (1886, Guanajuato-1957, DF)




Es un fragmento del mural que el pintor dedicó a las tradiciones del pueblo de México, sus festividades populares, religiosas y políticas. Se encuentra en la planta baja del Patio de Juárez de la Secretaría de Educación Pública, en el Centro Histórico de la ciudad de México. Por ahí se ve un autorretrato de Diego Rivera, seguido por Guadalupe Marín, mientras que el rostro de Salvador Novo se aprecia a la mitad de lado izquierdo.

La ofrenda (1913), de Saturnino Herrán (1887, Aguascalientes-1918, DF)




Este cuadro pertenece al acervo del Museo Nacional de Arte (Munal), fue pintado cuando Saturnino Herrán tenía 26 años. Hacía poco que había concluido sus estudios en la Academia de Bellas Artes con maestros como Antonio Fabrés, Leandro Izaguirre y Germán Gedovius. Comenzaba a participar en exposiciones y trabajaba como profesor de dibujo en la Escuela Normal para Maestros.


La muerte caliente (2013), de Rafael Coronel (Zacatecas, 1931)





Valuado en poco más de 38 mil dólares este cuadro se presentó hace dos años en la exposición Mano negra, nombrada así por el pintor por incluir piezas con un fondo oscuro, con imágenes tenebrosas, muchas asociadas a la muerte. Coronel es uno de los pintores vivos más importantes del país, los críticos definen su trabajo como expresionismo realista, con influencias que van desde Goya y Rembrandt, hasta Vermeer y Caravaggio. Más que representar una ofrenda, esta imagen plasma a esa muerte burlona y terrible a la que rendimos culto, de una u otra manera, estos días. 

PD: Para quienes estén en la ciudad de México este fin de semana, se recomienda visitar las tradicionales megaofrendas del Zócalo y la que prepara la comunidad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). 
En la plaza de la Constitución, los alumnos de las Fábricas de Artes y Oficios (Faros) elaborarán cuatro tzompantlis monumentales, en honor a las personas que fallecieron en los sismos de 1985. 
Mientras que en la UNAM, la megaofrenda dedicada a José María Morelos y Pavón se podrá visitar en el Estadio Olímpico Universitario, luego de la mala experiencia del año pasado cuando se instaló en el Espacio Escultórico de la zona cultural, el cual resultó insuficiente para recibir al público. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Olimpiada de Matemáticas

Sábado por la mañana. La Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se llena de niños y jóvenes, los más pequeños tienen 8 o 9 años, los mayores son preparatorianos. Todos se arremolinan en torno a las listas que están pegadas en una pared, buscan su nombre y el número de salón donde les tocará hacer un examen de matemáticas.
¿Matemáticas? ¿Acaso vemos caras aburridas, enfadadas, tristes o preocupadas? Para nada. Son las 9 de la mañana y el bullicio es de fiesta, de emoción placentera. Aunque usted no lo crea, esos muchachos llegaron por iniciativa propia, por el puro gusto de resolver problemas como este:
“Un costal está lleno de canicas de 20 colores distintos. Al azar se van sacando canicas del costal. ¿Cuál es el mínimo número de canicas que deben sacarse para poder garantizar que en la colección tomada habrá al menos 100 canicas del mismo color?”
Niños y niñas que se divierten buscándole más de tres pies al gato con todas las fórmulas aritméticas posibles, dibujando triángulos, círculos, perímetros, o pensando en raíces cuadradas, números primos, tangentes y demás conceptos que aterrorizan a quienes aún creen que las matemáticas son sólo para genios.
El 24 de octubre alrededor de 400 estudiantes de primaria, secundaria y bachillerato de la ciudad de México participaron en la V Olimpiada de Otoño que organiza el Centro en Alto Rendimiento en Matemáticas (Carma) de San Luis Potosí, tan solo en la sede de la Facultad de Ciencias, con el apoyo del área de investigación del Instituto de Matemáticas de la UNAM, los mismos que año con año llevan a cabo la Olimpiada de Matemáticas del Distrito Federal. En total, este certamen contó con 34 escuelas anfitrionas en 33 sedes en todo el país.
Platicamos con algunos de los chicos, para confirmar que nadie estuviera ahí a la fuerza.
--¿De verdad te gustan las matemáticas?
--Sí, soy muy bueno--, responde con gran sonrisa y orgullo Emiliano, quien va en cuarto año de primaria. Su papá vio la convocatoria en internet y lo inscribió, por recomendación del instructor de Kumon, escuela de matemáticas a la que lleva a su hijo por las tardes.
Son pocos los niños de escuelas públicas que participan en esta olimpiada porque ahí casi no se difundió la invitación del Carma. En cambio, viene un nutrido contingente de la Escuela Moderna Americana, entre otros colegios privados.
A Emiliano no le interesa ganar, sino conocer cómo son ese tipo de competencias porque quiere más.
--Ahorita sólo vengo a ver qué tal están las preguntas, pero seguro el próximo año sí quedo entre los primero lugares--, dice con optimismo, muy contento porque ya se puso a platicar con otro chico de sexto que tiene más experiencia que él y le está pasando algunos tips:
--En la escuela no nos enseñan mucha geometría, pero aquí preguntan mucho de eso, así que ponte a estudiar en tu casa todo lo que encuentres sobre triángulos, círculos, cuadrados, ah, y lo importante es que cuando respondas expliques bien el procedimiento que te llevó a la respuesta pues eso te suma puntos a favor--, dice Míkel, quien le da un ejemplo de las preguntas que podrían venir en el examen:
“Si se dibujan un círculo y un rectángulo en la misma hoja, ¿cuál es el máximo número de puntos comunes que pueden tener?”
Emiliano toma de inmediato una hoja, hace el dibujo y responde ¡6!
--Ves, está papita, contesta Míkel. 



Ni genios, ni superdotados, mucho menos “nerds”. Los chavos que compiten son como cualquiera de su edad, a algunos les gusta el fútbol o los videojuegos, quizá no hacer la tarea alguna tarde, chatear con las amigas, ir al cine, ver la tele.
Los padres de familia describen a sus hijos, eso sí, como “estudiosos”, pero nada fuera de lo común, “sólo le agarraron gusto a los números, como a otros nos puede gustar más leer o dibujar”.
Son las 10 en punto y comienza el examen que debe resolverse en máximo tres horas. Son veinte preguntas. Los papás quieren tomar la foto del recuerdo, pero los aplicadores les piden que se retiren para no distraer a los participantes. Hay más niñas que niños.
Después de dos horas comienzan a salir algunos. ¿Cansados? No. Todos se ven más sonrientes. Vienen con las preguntas en la mano, pues se les permite llevarse el examen para repasarlo en casa.
Corren a buscar a sus papás para ponerlos también a prueba.
--A ver papá, dice Emiliano, cuál es la respuesta de esta pregunta: “Una pizza se divide en 8 rebanadas. En cada rebanada hay un champiñón. Con un movimiento, Totoro mueve un champiñón de una rebanada a una de las rebanadas vecinas. ¿Es posible que todos los champiñones estén juntos en la misma rebanada después de 20 movimientos? Justifica tu respuesta”.
El padre del niño se queda pensando. Abraza a su hijo y le dice, “ah, caray, a ver, mmm, pues... mmmm, ven, vamos a comer y ahí le pensamos”.
--¿Me vas a traer a la otra olimpiada?
--Claro.
--¡Eeeh!--, exclama Emiliano, feliz y abraza a su papá, quien sigue pensando en las rebanadas de la pizza.



Si su hijo se emociona al tratar de responde este problema, no se asuste, llévelo a una olimpiada de matemáticas:
“Llegan 4 niños a una fiesta y hay 6 gorros: 3 verdes y 3 rojos. A cada niño se le coloca su gorro respectivo con los ojos vendados y se sientan en una mesa circular de forma que cada niño ve los gorros de los otros tres. Empezando con el niño 1 y en sentido de las manecillas del reloj a cada niño se le hace la pregunta: ¿Sabes ya de qué color es tu gorro? Y todos escuchan la respuesta hasta que alguien contesta afirmativamente. Además el primer niño dice que no. ¿Quién de estos niños es seguro que contestará afirmativamente?” 

Para no perderse ninguna convocatoria de las olimpiadas de matemáticas en la ciudad de México, pueden consultar la página: www.omdf.matem.unam.mx