viernes, 20 de noviembre de 2015

Luis Miguel: no culpes a la noche


Alguna tarde de 1982, en el estudio Azul y Plata de la XEX Radio, el locutor José Manuel Gómez Padilla presentó a su público al debutante Luis Miguel. Era un hermoso niño rubio de 12 años, en mallas blancas, botas negras y una casaca púrpura, vestuario parecido al que usaba en aquel tiempo el español Miguel Bosé. El auditorio estaba repleto de adolescentes seguidoras del grupo Menudo, quienes vieron un poco con recelo a ese chiquillo que apenas el domingo anterior había debutado en el programa de televisión de Raúl Velasco. Escuchaban la entrevista con aburrimiento. Pero cuando llegó el momento en el que el pequeño comenzó a cantar, en vivo, todas y todos se quedaron boquiabiertos. ¡Qué voz!
Al terminar de interpretar su ya legendario primer éxito 1 + 1 = 2 enamorados, Luis Miguel intentó colocar el micrófono en el pedestal y no pudo, el aparato cayó al piso, lo que hizo que el niño se apenara mucho. Pidió disculpas al público, estaba a punto de llorar. José Manuel (qepd) se acercó de inmediato a tranquilizarlo, lo abrazó y le dijo: “no te preocupes, son gajes del oficio, un día el público te querrá tanto que no le importarán estos accidentes”. Luis Miguel sonrió, volteó a ver a las niñas que le gritaban con euforia, volvió a hacer un gesto de agradecimiento hacia ellas y siguió cantando.



Hace 15 años, en las páginas de La Jornada hicimos una crónica del primero de los 17 conciertos que Luis Miguel ofreció en febrero de 2000 en el Auditorio Nacional, en la cual describimos a un ya desteñido y regordete cantante en apresurados conciertos; eso sí, aún con el mayor de sus tesoros casi intacto: su chorro de voz, no obstante “opacada por una igualmente desmesurada vanidad”.
El divo, escribimos, sin perder detalle nunca de su imagen reflejada en la megapantalla colocada a sus espaldas y en los pequeños monitores de los costados del escenario, empezó a cantar “acartonado, escatimando las sonrisas y las palabras a su infinitamente noble y fiel público. Luismirrey se sabe poseedor de cierto don de titiritero, ese que consiste en hacer ondular los alaridos de los fans con tan sólo un meneo, un puchero o el leve movimiento de sus dedos. Son acciones que tiene perfectamente calculadas y en las que se regodea, cual narciso embelesado, al mirarse en la pantalla gigante”.
En aquel concierto estaban presentes, en primera fila, por supuesto, la hija y la esposa del entonces presidente, Ernesto Zedillo. Fueron las únicas que merecieron una mirada y hasta un beso del cantante. Las integrantes de un club de fans en Argentina, que por obvias razones no asistieron al concierto cronicado, se enojaron con la descripción que hicimos de su ídolo y que leyeron gracias a que sus colegas mexicanas les mandaron por correo electrónico la nota en cuestión que hablaba de los kilitos de más de Luismi (que ellas llaman “corpulencia”), su cabello opaco, “tanto que parece peluquín o injerto y que ni por error se toca como antes (no se le vaya a despegar), sus dientes que de tan blancos y alineaditos parecen de fábrica, y su eterno ceño fruncido que tiene ya las marcas de la neurosis”. Entre las cartas de protesta que entonces recibimos, también había admiradoras desilusionadas por un Luis Miguel que “ha llegado tan alto, que no ha podido con su fama. Pero quiero decir que si él está donde está es por el público que lo apoya. Si ahora es millonario es por la gente que va a sus conciertos y compra sus discos. Y creo que todas esas personas merecen un poco de respeto. Empleados del hotel donde se hospedó una noche antes del concierto en mi ciudad (en California, Estados Unidos), personas anglosajonas, comentaron que es muy prepotente. Luis Miguel: eres una persona muy talentosa y querida, pero tu actitud te puede acabar”.



¿A alguien le extraña que Luis Miguel haya cancelado sus dos primeros conciertos de esta semana en el Auditorio Nacional y de una manera tan poco considerada con su público? Tarde o temprano iba a suceder. Desde 2013 el artista ha venido argumentando motivos de salud para no cumplir con algunos compromisos de trabajo. Lo sorprendente es que la decadencia de un ídolo musical tan querido como lo es Luis Miguel no tenga un toque de dignidad, y que no exista nadie que lo pueda convencer de dejar de exhibir el ocaso. Es triste, pero muy probable que este capitulo final aún vaya para largo.