jueves, 17 de marzo de 2016

Puerto Rico, arrogancia colonialista

En Puerto Rico el mar sabe a Caribe, a piña colada, y cuando rompen las olas se escucha el canto de Coquí, una rana pequeñita que no puede salir de la isla porque de inmediato muere de nostalgia.
Al menos eso es lo que se queda en los recuerdos de algunos viajeros.
Esta semana se realizó en la llamada Perla del Caribe, ese pedacito de tierra al que un día siempre se volverá (como dice la canción), el Congreso Internacional de la Lengua Española, donde se reunieron más de 130 escritores, académicos, creadores, editores, profesionales de diversas artes, así como expertos relacionados con el español, procedentes de un total de 27 países, para debatir en torno al tema: lengua española y creatividad.
No me sorprende que el rey de España, Felipe VI, haya cometido la “barbarie” (como bien lo definió el escritor cubano-puertorriqueño Eduardo Lalo) de afirmar que se alegraba de “volver a Estados Unidos”. La monarquía no hace más que presumir su ignorancia colonialista.
Pero que Víctor García de la Concha, el filólogo español, actual director del Instituto Cervantes y anterior responsable de la Real Academia Española haya dicho que “era la primera vez que el Congreso no se celebraba en Hispanoamérica” me parece, además, una postura arrogante.
Retomo aquí las certeras palabras de Eduardo Lalo (Premio Rómulo Gallegos 2013 por su novela Simone), por que es necesario que quede claro que: “Puerto Rico no es parte de Estados Unidos, sino un territorio invadido por esa nación en la Guerra Hispanoamericana de 1898. Entonces España cedió esta tierra en el Tratado de París como botín de guerra, sin defender ni considerar en lo más mínimo, la suerte de sus habitantes.
“Si Puerto Rico, luego de casi 118 años de agresiones y presiones estadounidenses, ha preservado la lengua española y su cultura caribeña y latinoamericana, y las ha desarrollado tanto o más que otros países de América, ha sido por la voluntad, la resistencia y la energía creativa que poseemos. Ignorar olímpicamente el grave problema político de Puerto Rico, del que también son responsables tanto España como Estados Unidos, es cuanto menos un acto de inconsciencia o ignorancia y, además, una violencia dirigida a nosotros que somos sus anfitriones. A un país y a un pueblo no se le invisibiliza ni se le saca de la familia de pueblos americanos, para echar hacia adelante una estrategia errada, condenada al fracaso, dedicada a respaldar el español en los verdaderos Estados Unidos.
“Una vez más comprobamos la mojigatería de España y de otros pueblos americanos, que ante la tragedia colonial de Puerto Rico, actúan como si ésta no existiera y nada tuviera que ver con ellos”.
La condición política de Puerto Rico como Estado Libre Asociado de Estados Unidos permite una presencia apabullante del gobierno gringo, no solo en la vida cotidiana, sino en el control de aduanas, seguridad pública, comunicaciones, entre otras.
Por supuesto, los puertorriqueños mezclan el inglés con el español, por ejemplo, al decir “parquear” en lugar de “estacionar” el auto, y no son pocos quienes, con bastante orgullo, se sienten “aquí en Estados Unidos…”.
Pero existe un añejo y firme movimiento independentista, sobre todo gestado en las universidades. Son ellos los que hacen mirar (a quien se deja) hacia ese Puerto Rico con hondas raíces hispanas, pero también en un proceso perenne de resistencia anticolonial.
Basta mirar zonas como La Perla, un caserío (así le dicen a las colonias pobres) ubicado cerca de uno de los principales atractivos turísticos del país, el fuerte de El Morro. La Perla es un barrio bravo que se ha resistido a dejar entrar a los voraces “desarrolladores” turísticos, aún cuando eso implique el castigo de la marginación.
                                                                      La Perla

El Viejo San Juan, capital de la isla del Encanto, huele intensamente a humedad, a un viento que surca los confines del océano turquesa y que aún tranquilo logra alborotar el cabello de las personas, pero también un poco a gasolina, a urbe con todo y sus agobios, a fruta madura, a sudor, es decir, a algo dulce, a viejo, a sal. Todo mezclado con mucha luz.
Tostones, chancho con yuca, bacalaítos, arroz con coco, mofongo, mucha piña colada y algo de ron son algunos de los manjares boricuas que hacen suspirar a propios y extraños, al ritmo de salsa.
Todo ello forma parte de una cultura que no es un adorno, sino que constituye “lo que nos ata a la vida y lo que nos permite día a día luchar encarnizadamente contra las condiciones históricas que hemos padecido y que aún padecemos. Proponer que 'que éste no es el lugar para tratar la historia de Puerto Rico' (como dijo Felipe VI), equivale a no respetarlo”, reitera Eduardo Lalo en su texto que puede leerse íntegro aquí: Actos de barbarie
Si algún día usted tiene oportunidad de viajar a Puerto Rico, disfrute las palmeras, goce el calor, el canto de las coquís, la lluvia tropical, y pongan atención a las palabras de un español que se resiste a ser engullido por el inglés. Sobre todo, camine lo más que pueda por los caseríos, por el Viejo San Juan, recorra la isla de Ponce a Fajardo, descubrirá que no, ahí no es Estados Unidos, aunque muchos se empeñen.







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