viernes, 17 de junio de 2016

Historia de un maestro

A mediados de los años cuarenta del siglo XX, Jaime Torres Bodet (1902-1972), entonces secretario de Educación Pública, promovió una reforma educativa que bautizó muy pomposamente como “escuela de la unidad nacional”.
Fue la “modernización” de la época. Se dispuso que las normales rurales dejaran de tener un lugar importante en el discurso educativo oficial, se les redujo el presupuesto y, al igual que en otras dependencias la Secretaría de Educación Pública (SEP), se inició una depuración de profesores y estudiantes calificados de "comunistas”.
Esos fueron los años que le tocaron vivir al profesor Albino Mateos Martínez, cuya gestión más significativa ocurrió entre 1955 y 1957, cuando dirigió la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez de Hecelchakán, Campeche, e impidió el cierre del plantel.
El profesor Albino nació el 4 de noviembre de 1904 en Villa de Zaachila, una comunidad indígena zapoteca del estado de Oaxaca. Su padre fue Ladislao Mateos Mendoza, campesino, y su madre Jerónima Martínez Pérez, partera.
Su abuelo materno, José María Martínez Cerero, también originario de Zaachila, fue durante mucho tiempo de las pocas personas que sabían leer y escribir en su comunidad (aprendió de manera autodidacta). Cada semana, don Chema, como le llamaban, mandaba traer los periódicos de la capital para compartir con familiares y amigos las noticias, no obstante dedicarse también al campo.
Gracias a él, Albino se interesó desde muy niño en terminar sus estudios, situación que era difícil entre los pequeños de Zaachila a principios del siglo XX debido a las condiciones de pobreza y marginación en las que vivían.
Al concluir la primaria, Albino pidió a sus padres que lo mandaran a la ciudad de Oaxaca para continuar la secundaria. Se fue a vivir con unos familiares y debió comenzar a trabajar para pagar sus estudios y manutención. No obstante su entusiasmo, dejó la escuela por algunos periodos para dedicarse de lleno al trabajo.
Luego de muchos tropiezos, pudo concluir uno de sus grandes anhelos: graduarse como profesor de educación primaria en la Escuela Normal Urbana Federalizada de Oaxaca en 1935. Su título lo recibió hasta 1946.




Pero el mismo año de su graduación inició sus labores docentes en la población de Yalalag, posteriormente trabajó en una escuela de San Antonio de la Cal, ambas en su estado natal. Su dedicación y compromiso con el magisterio hicieron posible que pronto lo nombraran director de la Escuela Normal Rural de Comitancillo, Oaxaca. Desde entonces, su prioridad fue apoyar a los jóvenes de familias de bajos recursos que quisieran formarse como maestros.
Algunos de sus ex alumnos recuerdan una anécdota que definen la personalidad del profesor Mateos: aceptaba a los muchachos como normalistas aunque no tuvieran certificados de estudios previos. Su consigna era: “a ese joven primero sírvanle un plato de frijoles, luego, denle un libro, ya después arreglaremos lo de sus papeles”.
También laboró en las normales rurales de Tekax, Yucatán; Mactumactzá, Chiapas; Xochiapulco, Puebla; Tamazulapam, Oaxaca; Aguilera, Durango y El Quinto, Sonora.
Su estancia al frente de la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez de Hecelchakán, Campeche, fue de apenas tres años, pero la que marcó su carrera y su vida.
En aquellos años, el gobernador Alberto Trueba Urbina (1903-1984) pretendía cerrar el plantel, convencido de que era un “nido de comunistas”. Los alumnos se opusieron a tal iniciativa y realizaron manifestaciones en la capital campechana. En una de esas protestas, realizaron pintas en edificios públicos, lo cual ocasionó que algunos de ellos fueran arrestados por la policía.
El director Albino, de inmediato, pagó las fianzas para que los jóvenes salieran libres, lo cual acrecentó su enemistad del gobernador, con quien ya tenía fricciones debido a que el maestro había solicitado que la normal de Hecelchakán, que hasta entonces recibía en su internado únicamente a varones, fuera mixto.
El maestro Albino argumentaba que las jóvenes de la comunidad que deseaban ser normalistas no tenían por qué irse a estudiar a otras ciudades lejos de sus familias, le parecía injusto. El gobernador Trueba en todo momento se opuso, argumentaba que no había recursos para construir en la escuela una sección para mujeres, ni siquiera para recibirlas como estudiantes externas. No obstante, el director admitió a siete alumnas en el internado.



La evidente amistad del director Mateos con el entonces líder magisterial Carlos Sansores Pérez (1918-2005), quien acudió como padrino de generación de los normalistas graduados de Hecelchakán en esos años, acrecentó los rencores, pues Sansores Pérez después llegaría a ser gobernador de Campeche y era enemigo político de Trueba Urbina.
El gobernador continuó presionando al director Albino, hasta que logró que el maestro pidiera su cambio a otra normal. Fue enviado a Durango.
En 1962, el profesor Albino fue detenido por la policía en esa entidad norteña. Trueba lo había acusado en Campeche de peculado y desvío de recursos. El dinero en cuestión fue el que había sido usado para pagar las fianzas de los alumnos encarcelados seis años antes.
El director Mateos fue llevado a la cárcel municipal de Campeche, donde permaneció cuatro meses. Durante ese tiempo recibió muestras de solidaridad de sus colegas y de los alumnos agrupados en la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, a quienes dirigió una emotiva carta en la que explicó su compromiso con la Escuela Normal Rural Justo Sierra Méndez de Hecelchakán:

Hice de esta escuela un centro que educaba en la dignidad y por la dignidad. Estoy procesado por no aceptar provocaciones del entonces Gobernador del Estado, que quería que los alumnos normalistas cometieran violencias que justificaran sus acusaciones y conseguir la clausura de nuestra Escuela Normal Rural; porque fui leal a los alumnos (se me pidió que los traicionara); porque en forma ilimitada ayudé a los alumnos que injusta y arbitrariamente fueron encarcelados en octubre de 1956; cualquier reunión que tenía con los alumnos era denunciada a México como preparación de un motín comunista”.

Gracias a la intervención de diversos dirigentes sindicales, el maestro fue absuelto de todos los cargos y volvió al magisterio, aunque con graves problemas de salud. Trabajó un par de años más.



Falleció el 18 de diciembre de 1964 en la ciudad de Oaxaca debido a una insuficiencia renal, derivada de la diabetes que se le desarrolló en sus meses de prisión.
Hace dos años, al cumplirse medio siglo de su muerte, profesores y alumnos de la Escuela Normal Rural de Hecelchakán le rindieron un homenaje, y se colocó en el plantel una placa conmemorativa para recordar su legado, sus palabras: 

Los maestros laboramos para el hogar, la Escuela y la Patria”.

Gracias, abuelo, por esa herencia, porque esta historia podría ser la de cualquiera de los maestros que hoy están en pie de lucha. Sí, abuelo, los maestros siguen luchando, los estudiantes resistiendo y el gobierno imponiendo, a punta de garrotazos, sus modernizaciones educativas. 
Pareciera que nada ha cambiado, sólo que no estás aquí para que marchemos junto a tus colegas.   



jueves, 17 de marzo de 2016

Puerto Rico, arrogancia colonialista

En Puerto Rico el mar sabe a Caribe, a piña colada, y cuando rompen las olas se escucha el canto de Coquí, una rana pequeñita que no puede salir de la isla porque de inmediato muere de nostalgia.
Al menos eso es lo que se queda en los recuerdos de algunos viajeros.
Esta semana se realizó en la llamada Perla del Caribe, ese pedacito de tierra al que un día siempre se volverá (como dice la canción), el Congreso Internacional de la Lengua Española, donde se reunieron más de 130 escritores, académicos, creadores, editores, profesionales de diversas artes, así como expertos relacionados con el español, procedentes de un total de 27 países, para debatir en torno al tema: lengua española y creatividad.
No me sorprende que el rey de España, Felipe VI, haya cometido la “barbarie” (como bien lo definió el escritor cubano-puertorriqueño Eduardo Lalo) de afirmar que se alegraba de “volver a Estados Unidos”. La monarquía no hace más que presumir su ignorancia colonialista.
Pero que Víctor García de la Concha, el filólogo español, actual director del Instituto Cervantes y anterior responsable de la Real Academia Española haya dicho que “era la primera vez que el Congreso no se celebraba en Hispanoamérica” me parece, además, una postura arrogante.
Retomo aquí las certeras palabras de Eduardo Lalo (Premio Rómulo Gallegos 2013 por su novela Simone), por que es necesario que quede claro que: “Puerto Rico no es parte de Estados Unidos, sino un territorio invadido por esa nación en la Guerra Hispanoamericana de 1898. Entonces España cedió esta tierra en el Tratado de París como botín de guerra, sin defender ni considerar en lo más mínimo, la suerte de sus habitantes.
“Si Puerto Rico, luego de casi 118 años de agresiones y presiones estadounidenses, ha preservado la lengua española y su cultura caribeña y latinoamericana, y las ha desarrollado tanto o más que otros países de América, ha sido por la voluntad, la resistencia y la energía creativa que poseemos. Ignorar olímpicamente el grave problema político de Puerto Rico, del que también son responsables tanto España como Estados Unidos, es cuanto menos un acto de inconsciencia o ignorancia y, además, una violencia dirigida a nosotros que somos sus anfitriones. A un país y a un pueblo no se le invisibiliza ni se le saca de la familia de pueblos americanos, para echar hacia adelante una estrategia errada, condenada al fracaso, dedicada a respaldar el español en los verdaderos Estados Unidos.
“Una vez más comprobamos la mojigatería de España y de otros pueblos americanos, que ante la tragedia colonial de Puerto Rico, actúan como si ésta no existiera y nada tuviera que ver con ellos”.
La condición política de Puerto Rico como Estado Libre Asociado de Estados Unidos permite una presencia apabullante del gobierno gringo, no solo en la vida cotidiana, sino en el control de aduanas, seguridad pública, comunicaciones, entre otras.
Por supuesto, los puertorriqueños mezclan el inglés con el español, por ejemplo, al decir “parquear” en lugar de “estacionar” el auto, y no son pocos quienes, con bastante orgullo, se sienten “aquí en Estados Unidos…”.
Pero existe un añejo y firme movimiento independentista, sobre todo gestado en las universidades. Son ellos los que hacen mirar (a quien se deja) hacia ese Puerto Rico con hondas raíces hispanas, pero también en un proceso perenne de resistencia anticolonial.
Basta mirar zonas como La Perla, un caserío (así le dicen a las colonias pobres) ubicado cerca de uno de los principales atractivos turísticos del país, el fuerte de El Morro. La Perla es un barrio bravo que se ha resistido a dejar entrar a los voraces “desarrolladores” turísticos, aún cuando eso implique el castigo de la marginación.
                                                                      La Perla

El Viejo San Juan, capital de la isla del Encanto, huele intensamente a humedad, a un viento que surca los confines del océano turquesa y que aún tranquilo logra alborotar el cabello de las personas, pero también un poco a gasolina, a urbe con todo y sus agobios, a fruta madura, a sudor, es decir, a algo dulce, a viejo, a sal. Todo mezclado con mucha luz.
Tostones, chancho con yuca, bacalaítos, arroz con coco, mofongo, mucha piña colada y algo de ron son algunos de los manjares boricuas que hacen suspirar a propios y extraños, al ritmo de salsa.
Todo ello forma parte de una cultura que no es un adorno, sino que constituye “lo que nos ata a la vida y lo que nos permite día a día luchar encarnizadamente contra las condiciones históricas que hemos padecido y que aún padecemos. Proponer que 'que éste no es el lugar para tratar la historia de Puerto Rico' (como dijo Felipe VI), equivale a no respetarlo”, reitera Eduardo Lalo en su texto que puede leerse íntegro aquí: Actos de barbarie
Si algún día usted tiene oportunidad de viajar a Puerto Rico, disfrute las palmeras, goce el calor, el canto de las coquís, la lluvia tropical, y pongan atención a las palabras de un español que se resiste a ser engullido por el inglés. Sobre todo, camine lo más que pueda por los caseríos, por el Viejo San Juan, recorra la isla de Ponce a Fajardo, descubrirá que no, ahí no es Estados Unidos, aunque muchos se empeñen.