miércoles, 28 de octubre de 2015

Ofrendas para llevar


Una Luna fantasmal florece sobre la ciudad de México. Son los últimos días de octubre. Muchos miran la bruma que opaca el brillo del astro, convencidos de que ellos, los ausentes, llegan poco a poco, como cada año, para saborear la vida un momento, al lado de los suyos.

Ya lo dijo Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”.
Nuestras fiestas de Día de Muertos, continúa el poeta, “manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque 'la vida nos ha curado de espantos'”. Y es cierto.
Aquí van cuatro ofrendas para llevar a los muros feisbukeros u otras redes sociales que así lo requieran, o simplemente para admirar la belleza con la que cuatro enormes pintores mexicanos retrataron uno de los rituales más importantes del país.
Pues, de nuevo citando a Paz, esa “fanfarrona familiaridad” con la que tratamos a la huesuda, “no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la  muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?”



Ofrenda con frutas (1987), de Rufino Tamayo (1899, Oaxaca-1991, DF)





Lo pintó para celebrar sus 70 años de trayectoria artística y sirvió como imagen del homenaje nacional que a finales de los años ochenta le rindió el Museo Tamayo Arte Contemporáneo. En noviembre de 2014 fue el cuadro estrella de la subasta de arte moderno y contemporáneo latinoamericano de la casa Sotheby’s de Nueva York, al ser vendido en 4 millones 197 mil dólares.

Día de muertos (1924), de Diego Rivera (1886, Guanajuato-1957, DF)




Es un fragmento del mural que el pintor dedicó a las tradiciones del pueblo de México, sus festividades populares, religiosas y políticas. Se encuentra en la planta baja del Patio de Juárez de la Secretaría de Educación Pública, en el Centro Histórico de la ciudad de México. Por ahí se ve un autorretrato de Diego Rivera, seguido por Guadalupe Marín, mientras que el rostro de Salvador Novo se aprecia a la mitad de lado izquierdo.

La ofrenda (1913), de Saturnino Herrán (1887, Aguascalientes-1918, DF)




Este cuadro pertenece al acervo del Museo Nacional de Arte (Munal), fue pintado cuando Saturnino Herrán tenía 26 años. Hacía poco que había concluido sus estudios en la Academia de Bellas Artes con maestros como Antonio Fabrés, Leandro Izaguirre y Germán Gedovius. Comenzaba a participar en exposiciones y trabajaba como profesor de dibujo en la Escuela Normal para Maestros.


La muerte caliente (2013), de Rafael Coronel (Zacatecas, 1931)





Valuado en poco más de 38 mil dólares este cuadro se presentó hace dos años en la exposición Mano negra, nombrada así por el pintor por incluir piezas con un fondo oscuro, con imágenes tenebrosas, muchas asociadas a la muerte. Coronel es uno de los pintores vivos más importantes del país, los críticos definen su trabajo como expresionismo realista, con influencias que van desde Goya y Rembrandt, hasta Vermeer y Caravaggio. Más que representar una ofrenda, esta imagen plasma a esa muerte burlona y terrible a la que rendimos culto, de una u otra manera, estos días. 

PD: Para quienes estén en la ciudad de México este fin de semana, se recomienda visitar las tradicionales megaofrendas del Zócalo y la que prepara la comunidad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). 
En la plaza de la Constitución, los alumnos de las Fábricas de Artes y Oficios (Faros) elaborarán cuatro tzompantlis monumentales, en honor a las personas que fallecieron en los sismos de 1985. 
Mientras que en la UNAM, la megaofrenda dedicada a José María Morelos y Pavón se podrá visitar en el Estadio Olímpico Universitario, luego de la mala experiencia del año pasado cuando se instaló en el Espacio Escultórico de la zona cultural, el cual resultó insuficiente para recibir al público. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Olimpiada de Matemáticas

Sábado por la mañana. La Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se llena de niños y jóvenes, los más pequeños tienen 8 o 9 años, los mayores son preparatorianos. Todos se arremolinan en torno a las listas que están pegadas en una pared, buscan su nombre y el número de salón donde les tocará hacer un examen de matemáticas.
¿Matemáticas? ¿Acaso vemos caras aburridas, enfadadas, tristes o preocupadas? Para nada. Son las 9 de la mañana y el bullicio es de fiesta, de emoción placentera. Aunque usted no lo crea, esos muchachos llegaron por iniciativa propia, por el puro gusto de resolver problemas como este:
“Un costal está lleno de canicas de 20 colores distintos. Al azar se van sacando canicas del costal. ¿Cuál es el mínimo número de canicas que deben sacarse para poder garantizar que en la colección tomada habrá al menos 100 canicas del mismo color?”
Niños y niñas que se divierten buscándole más de tres pies al gato con todas las fórmulas aritméticas posibles, dibujando triángulos, círculos, perímetros, o pensando en raíces cuadradas, números primos, tangentes y demás conceptos que aterrorizan a quienes aún creen que las matemáticas son sólo para genios.
El 24 de octubre alrededor de 400 estudiantes de primaria, secundaria y bachillerato de la ciudad de México participaron en la V Olimpiada de Otoño que organiza el Centro en Alto Rendimiento en Matemáticas (Carma) de San Luis Potosí, tan solo en la sede de la Facultad de Ciencias, con el apoyo del área de investigación del Instituto de Matemáticas de la UNAM, los mismos que año con año llevan a cabo la Olimpiada de Matemáticas del Distrito Federal. En total, este certamen contó con 34 escuelas anfitrionas en 33 sedes en todo el país.
Platicamos con algunos de los chicos, para confirmar que nadie estuviera ahí a la fuerza.
--¿De verdad te gustan las matemáticas?
--Sí, soy muy bueno--, responde con gran sonrisa y orgullo Emiliano, quien va en cuarto año de primaria. Su papá vio la convocatoria en internet y lo inscribió, por recomendación del instructor de Kumon, escuela de matemáticas a la que lleva a su hijo por las tardes.
Son pocos los niños de escuelas públicas que participan en esta olimpiada porque ahí casi no se difundió la invitación del Carma. En cambio, viene un nutrido contingente de la Escuela Moderna Americana, entre otros colegios privados.
A Emiliano no le interesa ganar, sino conocer cómo son ese tipo de competencias porque quiere más.
--Ahorita sólo vengo a ver qué tal están las preguntas, pero seguro el próximo año sí quedo entre los primero lugares--, dice con optimismo, muy contento porque ya se puso a platicar con otro chico de sexto que tiene más experiencia que él y le está pasando algunos tips:
--En la escuela no nos enseñan mucha geometría, pero aquí preguntan mucho de eso, así que ponte a estudiar en tu casa todo lo que encuentres sobre triángulos, círculos, cuadrados, ah, y lo importante es que cuando respondas expliques bien el procedimiento que te llevó a la respuesta pues eso te suma puntos a favor--, dice Míkel, quien le da un ejemplo de las preguntas que podrían venir en el examen:
“Si se dibujan un círculo y un rectángulo en la misma hoja, ¿cuál es el máximo número de puntos comunes que pueden tener?”
Emiliano toma de inmediato una hoja, hace el dibujo y responde ¡6!
--Ves, está papita, contesta Míkel. 



Ni genios, ni superdotados, mucho menos “nerds”. Los chavos que compiten son como cualquiera de su edad, a algunos les gusta el fútbol o los videojuegos, quizá no hacer la tarea alguna tarde, chatear con las amigas, ir al cine, ver la tele.
Los padres de familia describen a sus hijos, eso sí, como “estudiosos”, pero nada fuera de lo común, “sólo le agarraron gusto a los números, como a otros nos puede gustar más leer o dibujar”.
Son las 10 en punto y comienza el examen que debe resolverse en máximo tres horas. Son veinte preguntas. Los papás quieren tomar la foto del recuerdo, pero los aplicadores les piden que se retiren para no distraer a los participantes. Hay más niñas que niños.
Después de dos horas comienzan a salir algunos. ¿Cansados? No. Todos se ven más sonrientes. Vienen con las preguntas en la mano, pues se les permite llevarse el examen para repasarlo en casa.
Corren a buscar a sus papás para ponerlos también a prueba.
--A ver papá, dice Emiliano, cuál es la respuesta de esta pregunta: “Una pizza se divide en 8 rebanadas. En cada rebanada hay un champiñón. Con un movimiento, Totoro mueve un champiñón de una rebanada a una de las rebanadas vecinas. ¿Es posible que todos los champiñones estén juntos en la misma rebanada después de 20 movimientos? Justifica tu respuesta”.
El padre del niño se queda pensando. Abraza a su hijo y le dice, “ah, caray, a ver, mmm, pues... mmmm, ven, vamos a comer y ahí le pensamos”.
--¿Me vas a traer a la otra olimpiada?
--Claro.
--¡Eeeh!--, exclama Emiliano, feliz y abraza a su papá, quien sigue pensando en las rebanadas de la pizza.



Si su hijo se emociona al tratar de responde este problema, no se asuste, llévelo a una olimpiada de matemáticas:
“Llegan 4 niños a una fiesta y hay 6 gorros: 3 verdes y 3 rojos. A cada niño se le coloca su gorro respectivo con los ojos vendados y se sientan en una mesa circular de forma que cada niño ve los gorros de los otros tres. Empezando con el niño 1 y en sentido de las manecillas del reloj a cada niño se le hace la pregunta: ¿Sabes ya de qué color es tu gorro? Y todos escuchan la respuesta hasta que alguien contesta afirmativamente. Además el primer niño dice que no. ¿Quién de estos niños es seguro que contestará afirmativamente?” 

Para no perderse ninguna convocatoria de las olimpiadas de matemáticas en la ciudad de México, pueden consultar la página: www.omdf.matem.unam.mx