Sábado por la mañana. La Facultad de
Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se
llena de niños y jóvenes, los más pequeños tienen 8 o 9 años,
los mayores son preparatorianos. Todos se arremolinan en torno a las
listas que están pegadas en una pared, buscan su nombre y el número
de salón donde les tocará hacer un examen de matemáticas.
¿Matemáticas? ¿Acaso vemos caras
aburridas, enfadadas, tristes o preocupadas? Para nada. Son las 9 de
la mañana y el bullicio es de fiesta, de emoción placentera. Aunque
usted no lo crea, esos muchachos llegaron por iniciativa propia, por
el puro gusto de resolver problemas como este:
“Un costal está lleno de canicas de
20 colores distintos. Al azar se van sacando canicas del costal.
¿Cuál es el mínimo número de canicas que deben sacarse para poder
garantizar que en la colección tomada habrá al menos 100 canicas
del mismo color?”
Niños y niñas que se divierten
buscándole más de tres pies al gato con todas las fórmulas
aritméticas posibles, dibujando triángulos, círculos, perímetros,
o pensando en raíces cuadradas, números primos, tangentes y demás
conceptos que aterrorizan a quienes aún creen que las matemáticas
son sólo para genios.
El 24 de octubre alrededor de 400
estudiantes de primaria, secundaria y bachillerato de la ciudad de
México participaron en la V Olimpiada de Otoño que organiza el
Centro en Alto Rendimiento en Matemáticas (Carma) de San Luis
Potosí, tan solo en la sede de la Facultad de Ciencias, con el apoyo
del área de investigación del Instituto de Matemáticas de la UNAM,
los mismos que año con año llevan a cabo la Olimpiada de
Matemáticas del Distrito Federal. En total, este certamen contó con
34 escuelas anfitrionas en 33 sedes en todo el país.
Platicamos con algunos de los chicos,
para confirmar que nadie estuviera ahí a la fuerza.
--¿De verdad te gustan las
matemáticas?
--Sí, soy muy bueno--, responde con
gran sonrisa y orgullo Emiliano, quien va en cuarto año de primaria.
Su papá vio la convocatoria en internet y lo inscribió, por
recomendación del instructor de Kumon, escuela de matemáticas a la
que lleva a su hijo por las tardes.
Son pocos los niños de escuelas
públicas que participan en esta olimpiada porque ahí casi no se
difundió la invitación del Carma. En cambio, viene un nutrido
contingente de la Escuela Moderna Americana, entre otros colegios
privados.
A Emiliano no le interesa ganar, sino
conocer cómo son ese tipo de competencias porque quiere más.
--Ahorita sólo vengo a ver qué tal
están las preguntas, pero seguro el próximo año sí quedo entre
los primero lugares--, dice con optimismo, muy contento porque ya se
puso a platicar con otro chico de sexto que tiene más experiencia
que él y le está pasando algunos tips:
--En la escuela no nos enseñan mucha
geometría, pero aquí preguntan mucho de eso, así que ponte a
estudiar en tu casa todo lo que encuentres sobre triángulos,
círculos, cuadrados, ah, y lo importante es que cuando respondas
expliques bien el procedimiento que te llevó a la respuesta pues eso
te suma puntos a favor--, dice Míkel, quien le da un ejemplo de las
preguntas que podrían venir en el examen:
“Si se dibujan un círculo y un
rectángulo en la misma hoja, ¿cuál es el máximo número de puntos
comunes que pueden tener?”
Emiliano toma de inmediato una hoja,
hace el dibujo y responde ¡6!
--Ves, está papita, contesta Míkel.
Ni genios, ni superdotados, mucho menos
“nerds”. Los chavos que compiten son como cualquiera de su edad,
a algunos les gusta el fútbol o los videojuegos, quizá no hacer la
tarea alguna tarde, chatear con las amigas, ir al cine, ver la tele.
Los padres de familia describen a sus
hijos, eso sí, como “estudiosos”, pero nada fuera de lo común,
“sólo le agarraron gusto a los números, como a otros nos puede
gustar más leer o dibujar”.
Son las 10 en punto y comienza el
examen que debe resolverse en máximo tres horas. Son veinte
preguntas. Los papás quieren tomar la foto del recuerdo, pero los
aplicadores les piden que se retiren para no distraer a los
participantes. Hay más niñas que niños.
Después de dos horas comienzan a salir
algunos. ¿Cansados? No. Todos se ven más sonrientes. Vienen con las
preguntas en la mano, pues se les permite llevarse el examen para
repasarlo en casa.
Corren a buscar a sus papás para
ponerlos también a prueba.
--A ver papá, dice Emiliano, cuál es
la respuesta de esta pregunta: “Una pizza se divide en 8 rebanadas.
En cada rebanada hay un champiñón. Con un movimiento, Totoro mueve
un champiñón de una rebanada a una de las rebanadas vecinas. ¿Es
posible que todos los champiñones estén juntos en la misma rebanada
después de 20 movimientos? Justifica tu respuesta”.
El padre del niño se queda pensando.
Abraza a su hijo y le dice, “ah, caray, a ver, mmm, pues... mmmm,
ven, vamos a comer y ahí le pensamos”.
--¿Me vas a traer a la otra olimpiada?
--Claro.
--¡Eeeh!--, exclama Emiliano, feliz y
abraza a su papá, quien sigue pensando en las rebanadas de la pizza.
Si su hijo se emociona al tratar de
responde este problema, no se asuste, llévelo a una olimpiada de
matemáticas:
“Llegan 4 niños a una fiesta y hay 6
gorros: 3 verdes y 3 rojos. A cada niño se le coloca su gorro
respectivo con los ojos vendados y se sientan en una mesa circular de
forma que cada niño ve los gorros de los otros tres. Empezando con
el niño 1 y en sentido de las manecillas del reloj a cada niño se
le hace la pregunta: ¿Sabes ya de qué color es tu gorro? Y todos
escuchan la respuesta hasta que alguien contesta afirmativamente.
Además el primer niño dice que no. ¿Quién de estos niños es
seguro que contestará afirmativamente?”
Para no perderse ninguna convocatoria
de las olimpiadas de matemáticas en la ciudad de México, pueden
consultar la página: www.omdf.matem.unam.mx

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