Una Luna fantasmal florece sobre la ciudad de México. Son los últimos días de octubre. Muchos miran la bruma que opaca el brillo del astro, convencidos de que ellos, los ausentes, llegan poco a poco, como cada año, para saborear la vida un momento, al lado de los suyos.
Ya lo dijo Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”.
Nuestras fiestas de Día de Muertos, continúa el poeta, “manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque 'la vida nos ha curado de espantos'”. Y es cierto.
Aquí van cuatro ofrendas para llevar a los muros feisbukeros u otras redes sociales que así lo requieran, o simplemente para admirar la belleza con la que cuatro enormes pintores mexicanos retrataron uno de los rituales más importantes del país.
Pues, de nuevo citando a Paz, esa “fanfarrona familiaridad” con la que tratamos a la huesuda, “no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?”
Ofrenda con frutas (1987), de Rufino Tamayo (1899, Oaxaca-1991, DF)
Lo pintó para celebrar sus 70 años de trayectoria artística y sirvió como imagen del homenaje nacional que a finales de los años ochenta le rindió el Museo Tamayo Arte Contemporáneo. En noviembre de 2014 fue el cuadro estrella de la subasta de arte moderno y contemporáneo latinoamericano de la casa Sotheby’s de Nueva York, al ser vendido en 4 millones 197 mil dólares.
Día de muertos (1924), de Diego Rivera (1886, Guanajuato-1957, DF)
Es un fragmento del mural que el pintor dedicó a las tradiciones del pueblo de México, sus festividades populares, religiosas y políticas. Se encuentra en la planta baja del Patio de Juárez de la Secretaría de Educación Pública, en el Centro Histórico de la ciudad de México. Por ahí se ve un autorretrato de Diego Rivera, seguido por Guadalupe Marín, mientras que el rostro de Salvador Novo se aprecia a la mitad de lado izquierdo.
La ofrenda (1913), de Saturnino Herrán (1887, Aguascalientes-1918, DF)
Este cuadro pertenece al acervo del Museo Nacional de Arte (Munal), fue pintado cuando Saturnino Herrán tenía 26 años. Hacía poco que había concluido sus estudios en la Academia de Bellas Artes con maestros como Antonio Fabrés, Leandro Izaguirre y Germán Gedovius. Comenzaba a participar en exposiciones y trabajaba como profesor de dibujo en la Escuela Normal para Maestros.
La muerte caliente (2013), de Rafael Coronel (Zacatecas, 1931)
Valuado en poco más de 38 mil dólares este cuadro se presentó hace dos años en la exposición Mano negra, nombrada así por el pintor por incluir piezas con un fondo oscuro, con imágenes tenebrosas, muchas asociadas a la muerte. Coronel es uno de los pintores vivos más importantes del país, los críticos definen su trabajo como expresionismo realista, con influencias que van desde Goya y Rembrandt, hasta Vermeer y Caravaggio. Más que representar una ofrenda, esta imagen plasma a esa muerte burlona y terrible a la que rendimos culto, de una u otra manera, estos días.
PD: Para quienes estén en la ciudad de México este fin de semana, se recomienda visitar las tradicionales megaofrendas del Zócalo y la que prepara la comunidad de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
En la plaza de la Constitución, los alumnos de las Fábricas de Artes y Oficios (Faros) elaborarán cuatro tzompantlis monumentales, en honor a las personas que fallecieron en los sismos de 1985.
Mientras que en la UNAM, la megaofrenda dedicada a José María Morelos y Pavón se podrá visitar en el Estadio Olímpico Universitario, luego de la mala experiencia del año pasado cuando se instaló en el Espacio Escultórico de la zona cultural, el cual resultó insuficiente para recibir al público.




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